Martín Rivas

Martín Rivas

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Pero Agustín no se contentaba con que le oyesen los que llevaba a su lado, y hacía en voz alta la descripción de los fuegos de París.

La comitiva se detuvo en un punto inmediato al que ocupaba la familia de doña Bernarda.

—Oh, en París un fuego de artificio es cosa admirable —exclamó Agustín en el momento en que cuatro arbolitos lanzaban al aire sus cohetes inflamados.

—¡Oh, ah! —exclamó al mismo tiempo la multitud, en señal de aprobativa admiración—. ¡Ay, la vieja, esconde a Diamela! —gritó doña Engracia al ver salir en dirección a ellos, del arbolito más próximo, uno de los cohetes que llevan ese nombre.

La turba aplaudió la confusión que la vieja introdujo en un grupo de espectadores, al través del cual pasó con la velocidad del rayo.

—¡Cómo aplaudirían si viesen el bouquet en París! —dijo Agustín—. ¡Eso sí que es magnífico!

—Oh, retirémonos de aquí —exclamó doña Engracia al ver el inminente peligro en que Diamela se había encontrado—. ¡Pobrecita —añadió tomando a la perra en sus brazos—, está temblando como un pajarito!

Doña Francisca, entretanto, no abandonaba su intento de conversación romántica. —Nunca me siento más sola— decía a Rivas— que en medio del bullicio de la muchedumbre; cuando se vive por la inteligencia, todas las diversiones parecen insípidas.


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