MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Leonor abandonó el primer asiento y ocupó uno en un rincón del palco, dejando otro vacÃo a su lado, que ofreció a MartÃn.
—Parece —le dijo— que usted no se divierte mucho esta noche.
—¡Yo, señorita! —exclamó el joven—. ¿Por qué cree usted eso?
—Le he visto pensativo y ¿sabe lo que me he figurado?
—No.
—Que usted está arrepentido del propósito que formó el otro dÃa en mi presencia.
—No recuerdo cuál sea ese propósito.
—El de no volver a casa de las señoritas Molina.
—Siento tener que contradecirla —replicó MartÃn, tomando el tono de risa con que Leonor habÃa hablado—, pero le aseguro a usted que no habÃa vuelto a recordar tal propósito, lo que prueba que me cuesta muy poco el cumplirlo.
—En la plaza vi a la niña, y le alabo el gusto, es bonita.
—Para tan sincera alabanza de la belleza de una niña —dijo MartÃn— se necesita hallarse en el caso de usted.