MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿Por qué? —preguntó Leonor, sin comprender el sentido de aquellas palabras—. Porque sólo estando segura de la superioridad puede confesarse la belleza de otra —respondió el joven.
—Veo que usted va aprendiendo el lenguaje de la galanterÃa —le dijo Leonor con tono serio.
Aquel tono era la voz de su orgullo, que no consentÃa en que el joven saliese de su esfera de admirador tÃmido y respetuoso. Ese mismo orgullo le hizo arrojar a MartÃn su altanera mirada de reina y preguntarle:
—¿Me cree usted rival de esa niña?
El corazón de Rivas se oprimió con dolor al recibir esa mirada, y volvió a su pensamiento de que, bajo el magnÃfico exterior de belleza, aquella criatura extraña ocultaba un alma cruel y burlona.
—No he tenido tal idea —dijo con melancólica dignidad— y siento en el alma la interpretación que se ha dado a mis palabras.
Desde la galerÃa del teatro, en donde la familia Molina ocupaba varios asientos, Edelmira habÃa visto entrar a MartÃn y sentarse al lado de Leonor.
—Estoy seguro que MartÃn está enamorado de esa señorita —dijo a Edelmira el oficial de policÃa, que no la abandonaba un instante.
Y Edelmira ahogó otro suspiro, pensando en que aquella observación de su celoso amante serÃa tal vez verdadera.