Martín Rivas

Martín Rivas

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Al mismo tiempo decía doña Bernarda a su hija mayor:

—Mira, Adelaida, el otro Dieciocho estarás también sentada en palco con tu francés, no se te dé nada.

Después de la sentida consideración de Martín, Leonor se quedó pensativa, y el joven se retiró al cabo de algunos instantes.

«He sido muy severa», pensó Leonor, al verle retirarse, proponiéndose borrar la impresión que sus palabras hubiesen dejado en el ánimo de Rivas, al tomar el té en la casa de vuelta del teatro.

Pero Martín no volvió a su luneta, ni le halló Leonor en el salón al llegar a la casa. —¿Martín no ha llegado?— preguntó a la criada que había llevado la bandeja del té. —Llegó temprano, señorita— contestó ésta.

Al acostarse, Leonor había olvidado los triunfos del teatro, las lisonjeras palabras con que varios jóvenes habían halagado su vanidad durante la noche, los rendidos galanteos de Emilio Mendoza y la tímida adoración del acaudalado Clemente Valencia; pensaba sólo en la dignidad con que Martín había contestado a su mirada de desprecio.

«He sido muy severa —se repetía—, él ha sufrido, ¡pero no se ha humillado!».


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