Martín Rivas
Martín Rivas —Es verdad —le contestó Rivas haciendo heroicos esfuerzos para ocultar su vergüenza y desesperación.
—¿Ama usted a esa señorita? —preguntó Edelmira, fijando en el joven una ardiente mirada y con voz temblorosa de emoción.
—¡Qué pregunta! —exclamó Martín, apelando a una sonrisa—. Sería mirar muy alto. —Vamos, vamos— le dijo entonces Agustín, —papá dice que le sigamos.
Y después de dar enredadas disculpas, montaron a caballo y emprendieron el galope tras el carruaje de don Dámaso.
«Yo he de saber lo que hay», se dijo doña Bernarda.
Edelmira reprimió una lágrima que asomaba a sus ojos, y tomó la guitarra que Amador la presentaba para que cantase una zamacueca.
—¡Viva la patria! —exclamó Amador para distraer la preocupación de su madre.
Y empezaron de nuevo la danza y la bebida hasta cerca de las oraciones de aquel memorable día.