MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —No la he olvidado a usted —respondió éste—, pero para tranquilizar a la familia de AgustÃn he prometido que no volverÃa a casa de usted.
—¿De modo que yo voy a sufrir por faltas ajenas? —exclamó con ingenuidad Edelmira.
—¡Usted! ¿Y por qué? —preguntó el joven—. ¿Por qué puede sufrir?
—Más de lo que usted se imagina —contestó ruborizándose la niña—, en estos dÃas lo he conocido.
MartÃn no tuvo tiempo de contestar, porque sus ojos se detuvieron con espanto en un carruaje que se acababa de detener frente a ellos.
En ese carruaje se hallaban Leonor y don Dámaso.
AgustÃn estaba como una grana y no hallaba hacia qué punto dirigir la vista.
Don Dámaso le hizo señas de acercarse.
—¡Tú con esas gentes! —le dijo.
—Papá, voy a explicarle —contestó avergonzado el elegante.
—Monta a caballo y sÃguenos —repuso don Dámaso con voz severa.
Leonor se habÃa reclinado en el fondo del coche, después de arrojar una mirada de profundo desprecio.
Al mismo tiempo Edelmira decÃa a MartÃn:
—Usted me ha dicho que tendrÃa confianza en mÃ.