Martín Rivas

Martín Rivas

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—Yo no puedo descender —contestó Agustín, que temía mostrarse en público en semejante compañía.

Los que rodeaban al grupo de la familia Molina se habían retirado casi todos al ver que el baile había cesado.

Entretanto, doña Bernarda no soltaba las riendas del caballo de Agustín y exigía que se bajase.

—Empéñese usted para que se apee —dijo Amador a Martín—, hágame este servicio. Martín vio que, para calmar a doña Bernarda, era preciso bajarse; y contribuyeron a su decisión estas palabras que Edelmira le dijo al mismo tiempo:

—¿Se avergonzará usted de que le vean aquí?

—Vamos, francesito —exclamaba doña Bernarda—, si no te apeas me enojo.

Martín echó pie a tierra, y Agustín siguió su ejemplo, tomando después el vaso que doña Bernarda le presentaba.

En ese momento Ricardo Castaños quebraba un vaso en el pértigo de la carreta porque Edelmira hablaba con Martín.

—Usted nos ha olvidado —le decía la niña, con una mirada en que se retrataban los progresos que el amor había hecho en su corazón durante la ausencia de Rivas.


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