Martín Rivas
Martín Rivas Amador, que se había acercado apenas divisó a los jóvenes, oyó las palabras de su madre, pero no tuvo tiempo de impedir que Agustín le respondiese:
—Yo entiendo que ya todo está arreglado, y papá cree lo mismo.
—¿Arreglado? ¿Cómo es eso? —preguntó doña Bernarda a su hijo.
—Sí, madre —contestó Amador—, después hablaremos de esto; ahora nos estamos divirtiendo.
—Mejor, pues —exclamó doña Bernarda, exaltada ya un tanto por el licor—; tanto mejor, Cuchito es de la familia y es preciso que se baje a divertirse con nosotros. —Siento en el alma no poder…— dijo Agustín, a quien Amador hacía señas de no contradecir a su madre.
—Aquí no hay alma que se tenga —dijo doña Bernarda, apoderándose de las riendas del caballo de Agustín—. ¿Es usted de la familia o no? ¡Qué es esto, pues!
El tono con que doña Bernarda dijo aquellas palabras hizo conocer a Amador que peligraba su secreto y que era preciso calmar a su madre para no tener que explicarle su arreglo con Martín sobre el supuesto enlace en circunstancia tan poco propicia.
—Mi madre no sabe nada todavía —dijo al oído de Agustín—, y si usted no se apea, es capaz que arme aquí un bochinche.