Martín Rivas

Martín Rivas

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Con grandes aplausos celebraron los circunstantes aquella amenaza, que acompañó doña Bernarda con un ademán con que señalaba la cárcel penitenciaria, a la que el pueblo da comúnmente el nombre con que la señora la había designado.

Aquel aplauso llamó la atención de Agustín y Rivas, que en ese instante pasaban por delante de la carreta y no habían podido distinguir a la familia Molina entre las personas de a caballo que la rodeaban.

—Aquí parece que se divierten —dijo Agustín picando su caballo.

Martín le siguió de cerca.

Doña Bernarda vio al momento a los jóvenes y se adelantó hacia ellos exclamando:

—¡Aquí está el francesito! Señor Rivas, cómo lo pasa. Anoche andaban ustedes muy enterados, no conocían a los amigos.

—¡Es posible, señora! —dijo con fingida admiración el elegante—. ¿Anoche, dice usted? No tuve el honor de verla.

—Sí, sí, hágase el disimulado no más —respondió doña Bernarda.

—Doy a usted mi palabra de honor que…

—No me dé palabra, mire —añadió, presentándole un vaso, y en tono más bajo—; tomemos un trago por su mujercita. Conque el papá dice que el matrimonio es de por ver, ¿no?


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