MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Mientras tanto, la familia Molina, colocada, como dijimos, en una de las calles de carretas, se entregaba con ardor a las diversiones del dÃa. Las zamacuecas se sucedÃan las unas a las otras, y con ellas las abundantes libaciones, que aumentaban singularmente el entusiasmo patriótico de los danzantes.
Amador animaba a los demás con el ejemplo, doña Bernarda bebÃa vaso tras vaso a la salud de los que bailaban, el oficial de policÃa improvisaba frases galantes en honor de Edelmira, y varios curiosos que habÃan rodeado la carreta aplaudÃan cada baile y apuraban el vaso con alegres dichos y descompasadas risas. La animación, en una palabra, se pintaba en todos los rostros, menos en el de Edelmira, que asistÃa con pesar a una diversión tan contraria a sus delicados y sentimentales instintos.
Más Ricardo Castaños no se daba por derrotado por la indiferencia con que su querida miraba la general alegrÃa; y como en un rapto de amor quisiese apoderarse de una mano de Edelmira, doña Bernarda, que le sorprendió al empinar una copa de mistela, exclamó entre risueña y enojada:
—Mira, oficialito, que si te andáis con muchas te mando meter a la plenipotenciaria que está aquà enfrente.