Martín Rivas

Martín Rivas

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No seguiremos en su marcha a la familia de doña Bernarda, que a su llegada al Campo de Marte recibió su colocación en una de las calles que forman frente a la cárcel penitenciaria, compuesta de las numerosas carretas con ventas y familias que llegan al campo en ese día.

En casa de don Dámaso Encina golpeaban el empedrado del patio con sus ferrados cascos dos hermosos caballos, que a las dos de la tarde montaron Rivas y Agustín. Los dos jóvenes llegaron a la Alameda por la calle de la Bandera y siguieron la corriente de carruajes y de jinetes en cabalgatas que se dirigen a esa hora principalmente al Campo de Marte.

—Es preciso que te animes —decía Agustín a Martín, haciendo encabritarse su caballo para lucir su gracia a los espectadores que estacionan en las puertas de calle en las casas de la Alameda.

Esta frase con que Agustín quería comunicar el contento a Rivas no era más que la continuación de las reiteradas instancias con que había vencido la resistencia de su amigo para acompañarle al paseo.

—¿La familia vendrá al llano? —preguntó Martín.

—Creo que no —contestó Agustín—, mamá tiene miedo de salir en este día.


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