Martín Rivas
Martín Rivas Un repentino recuerdo de su familia disipó por un instante sus tristes ideas, y sacó a su corazón del círculo de fuego en que principiaba a internarse. Tomó su sombrero y bajó a la calle. El deseo de conocer la población, el movimiento de ésta, le volvieron la tranquilidad. Además, deseaba comprar algunos libros y preguntó por una librería al primero que encontró al paso. Dirigiéndose por las indicaciones que acaba de recibir, Martín llegó a la plaza de Armas.
En 1850 la pila de la plaza no estaba rodeada de un hermoso jardín como en el día, ni presentaba al transeúnte que se detenía a mirarla más asiento que su borde de losa, ocupado siempre en la noche por gente del pueblo. Entre éstos se veían corrillos de oficiales de zapatería que ofrecían un par de botines o de botas a todo el que por allí pasaba a esas horas.
Martín, llevado de la curiosidad de ver la pila, se dirigió de la esquina de la calle de las Monjitas, en donde se había detenido a contemplar la plaza, por el medio de ella. Al llegar a la pila, y cuando fijaba la vista en las dos figuras de mármol que la coronan, un hombre se acercó a él diciéndole:
—Un par de botines de charol, patrón.