MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Estas palabras despertaron en su memoria el recuerdo del lustroso calzado de AgustÃn y sus recientes ideas, que le habÃan hecho salir de la casa. Pensó que con un par de botines de charol harÃa mejor figura en la elegante familia que le admitÃa en su seno; era joven, y no se arredró, con esta consideración, ante la escasez de su bolsillo. Detúvose mirando al hombre que le acaba de dirigir la palabra, y éste, que ya se retiraba, volvió al instante hacia él.
—A ver los botines —dijo MartÃn.
—Aquà están, patroncito —contestó el hombre, mostrándole el calzado, cuyos reflejos acabaron de acallar los escrúpulos del joven.
—Vea —añadió el vendedor, tendiendo un pañuelo al borde de la pila—, siéntese aquà y se los prueba.
Rivas se sentó lleno de confianza y se despojó de su tosco botÃn, tomando uno de los que el hombre le presentaba. Mas no fue pequeño su asombro cuando, al hacer esfuerzos para entrar el pie, se vio rodeado de seis individuos, de los cuales cada uno le ofrecÃa un par de calzado, hablándole todos a un tiempo. MartÃn, más confuso que el capitán de la ronda cuando se ve rodeado de los que encuentra en casa de don Bartolo, en el Barbero de Sevilla, oÃa las distintas voces y forcejeaba en vano por entrar el botÃn.