MartĂn Rivas
MartĂn Rivas —Vea patrĂłn, Ă©stos le están mejor —le decĂa uno.
—PĂłngase Ă©stos, señor, vea quĂ© trabajo, de lo fino no más —añadĂa otro, colocándole un par de botines bajo las narices.
—AquĂ tiene unos pa toa la vĂa —le murmuraba un tercero al oĂdo.
Y los demás hacĂan el elogio de su mercancĂa en parecidos tĂ©rminos, confundiendo al pobre mozo con tan extraña manera de vender.
El primer par fue desechado por estrecho, el segundo por ancho y por muy caro el tercero.
Entre tanto, el nĂşmero de zapateros habĂa aumentado considerablemente en derredor del joven, que, cansado de la porfiada insistencia de tanto vendedor reunido, se puso su viejo botĂn y se parĂł, diciendo que comprarĂa en otra ocasiĂłn. En el instante vio tornarse en áspero lenguaje la oficiosidad con que un minuto hacĂa le acosaban, y oyĂł al primero de los vendedores decirle.
—Si no tiene ganas de comprar, pa qué está embromando.
A otro añadir, como en apéndice a lo de éste:
—Pal caso, que tal vez ni tiene plata.
Y luego a un tercero replicar:
—¡Y como que tiene traza de futre pobre, hombre!