MartÃn Rivas
MartÃn Rivas MartÃn, recién llegado a la capital, ignoraba la insolencia de sus compatriotas obreros de esta ciudad, y sintió el despecho apoderarse de su paciencia.
—Yo a nadie he insultado —dijo dirigiéndose al grupo—, y no permitiré que me insulten tampoco.
—Y por qué lo insultan, porque le dicen pobre; noshotros somos pobres también —contestó una voz.
—¡Entonces le iremos ques rico, pué! —dijo otro acercándose al joven.
—Y si es tan rico por qué no compró pué —añadió el primero que habÃa hablado, acercándosele aún más que el anterior.
Rivas acabó con esto de perder la paciencia y empujó con tal fuerza al hombre, que éste fue a caer al pie de sus compañeros.
—Y dejáis te pegue un futre —le dijo uno.
—Levántate hom, no seáis falso —dijo otro.
El zapatero se levantó con efecto, y arremetió al joven con furia. Una riña de pugilato se trabó entonces entre ambos, con gran alegrÃa de los otros, que aplaudÃan y animaban, elogiando con imparcialidad los golpes que cada cual asesta con felicidad a su adversario. De súbito se oyó una voz que hizo dispersarse el grupo, dejando solos a los dos combatientes.
—Allà viene el paco —dijeron, corriendo dos o tres.