Martín Rivas

Martín Rivas

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Y se fueron seguidos por los otros al mismo tiempo que un policial tomó a Martín de un brazo y al zapatero de otro, diciéndoles.

—Los dos van pa entro cortitos.

Rivas volvió del aturdimiento que aquella riña le había causado cuando sintió esta voz y vio el uniforme del que le detenía.

—Yo no he tenido la culpa de esta riña —dijo—, suélteme usted.

—Pa entro, pa entro, ende nomás —contestó el policial.

Y principió a llamar con el pito.

En vano quiso Martín explicarle el origen de lo acaecido, el policial nada oía y siguió llamando con su pito hasta que se presentó un cabo seguido de otro soldado. Con éstos, su elocuencia fracasó del mismo modo. El cabo oyó impasible la relación que se le hacía y sólo contestó con la frase sacramental del cuerpo de seguridad urbano:

—Páselos pa entro.

Ante tan uniforme modo de discutir, Rivas conoció que era mejor resignarse y se dejó conducir con su adversario hasta el cuartel de policía.

Al llegar, esperó Martín que el oficial de guardia, ante quien fue presentado, hiciera más racional justicia a su causa; pero éste oyó su relación y dio la orden de hacerle entrar hasta la llegada del Mayor.


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