Martín Rivas
Martín Rivas En la comida de ese día, Martín tuvo una verdadera sorpresa, que le dejó perplejo sobre lo que debía pensar durante algunos momentos. Ocasionó esta sorpresa el aire natural de afabilidad con que Leonor le saludó y dirigió varias veces la palabra. Al cabo de sus reflexiones concluyó Rivas por esta triste deducción, propia de un enamorado que no se cree correspondido: «Me mira con demasiado desprecio y no está de humor para burlarse de mí».
—Ahora es la ocasión de que me justifiques —le dijo Agustín al salir del comedor—. Apenas me atrevo —contestó Rivas, que, deseando hablar con la niña, necesitaba que alguien le alentase a ello.
—Hazme ese favor —replicó el elegante—. Ella te mira bien; mira, esta mañana me preguntó que por qué no habías ido anoche al teatro.
Diciendo esto, Agustín llevó a su amigo al salón, en donde Leonor se había sentado a tocar el piano.
Hemos visto que Martín, a pesar de su timidez de enamorado, sentía despertarse su energía en presencia de las dificultades. En aquella ocasión cobró fuerzas al verse solo con Leonor, pues Agustín le dejó junto al piano y se acercó a hojear un libro a la mesa del medio.
—No le vi a usted anoche en el teatro —le dijo Leonor con una naturalidad que tranquilizó completamente al joven.