MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Quedé algo cansado del paseo —contestó él.
Leonor le miró con malicia.
—Sin embargo —le dijo—, usted se bajó a descansar en la Pampilla, y habÃa elegido un buen lugar.
—Me ha dicho AgustÃn que usted no parece dar mucho crédito a la explicación que hizo de los motivos que nos obligaron a dar ese paso.
—En lo que usted encontrará demasiada malicia, ¿no es verdad?
—O muy mala idea de nosotros.
—No, a usted le hago entera justicia, porque reconozco el mérito de su inventiva. —¿Cómo asÃ, señorita?
—Porque siendo la explicación dada por AgustÃn demasiado ingeniosa para que yo pueda atribuÃrsela, he debido naturalmente pensar que es de usted.
—Por más que este juicio sea honroso para mi capacidad, no puedo aceptarlo; AgustÃn no ha hecho más que referir la verdad de lo acaecido.
—Pero hay algo que yo vi que él no ha explicado.
—¿Qué cosa?
—Una conversación, con apariencias de muy tierna, que usted tenÃa con la señorita Edelmira.
—Ya que usted me hace el honor de recordar algo que me concierne, me permitirá contestarla con entera franqueza.