MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿Alguna confidencia? —preguntó Leonor con un aire indefinible de inquietud reprimida y de disimulada indiferencia.
—No, señorita, una explicación sobre lo que usted vio.
—Sé de antemano que la explicación será satisfactoria, puesto que reconozco su facilidad de inventiva.
—Puede usted calificarla después de oÃrme.
—A ver.
—Es cierto que hablaba ayer con interés cuando usted me vio al lado de Edelmira. —¡Vaya, veo que usted va teniendo confianza en mà para contarme sus secretos!— dijo Leonor con extraño acento y sin mirar a Rivas.
Hubiérase dicho que aquellas palabras habÃan salido de su boca después de luchar con acelerados latidos de su corazón. Un hermoso prendedor de camafeo rodeado de perlas, que sujetaba su cuello de finos encajes, bajaba y subÃa como un esquife que se mece sobre las olas; tan visible era lo oprimido y afanoso de su respiración al pronunciar aquella exclamación.
—No es un secreto, señorita; lo que he querido contar a usted es, como le he dicho, una sencilla pero franca explicación.
—A ver, pues, ya le escucho.