MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —El interés que tenÃa y tendré siempre para hablar con esa niña nace, señorita, del aprecio verdadero que he concebido por su carácter.
—¡Cuidado, con mucho calor habla usted de ese aprecio!
—Soy apasionado en mis afectos, señorita.
—Por eso le digo cuidado; dicen que ese aprecio se cambia con facilidad en amor.
—No lo temo.
—¿Porque lo desea?
—Porque sé que no puedo amarla.
—Es usted muy presuntuoso, MartÃn —dijo Leonor con acento grave y mirándole risueña al mismo tiempo.
—¿Por qué, señorita?
—Porque fÃa demasiado en la fuerza de su voluntad.
—¡Bien quisiera poder contar con ella! —exclamó Rivas con sincero acento de pesar—. Viviendo por la voluntad, serÃa más feliz.
Leonor evitó seguir la conversación en ese terreno, como un picaflor que abandona la atractiva belleza de la rosa, de miedo a sus espinas, y se contenta con las más modestas flores que la rodean en un jardÃn.
—Veamos —le dijo— si usted es tan franco como dice.
—Póngame usted a prueba.