MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Esa niña le ama a usted.
Al través de la sonrisa con que Leonor acompañó esa frase, habÃa en su mirar un aire de angustia que sólo muy expertos ojos habrÃan adivinado.
—No lo creo, señorita —contestó MartÃn con tono resuelto.
—Sea usted sincero; AgustÃn me lo ha dicho.
—Lo ignoro completamente, y con temor de dar a usted pobre idea de mi modestia, le diré que lo sentirÃa si asà fuese.
—¿Por qué?
—Por lo que usted me ha tachado de presuntuoso; porque no podrÃa amarla.
—Ah, usted aspira más alto y la cree de oscura condición.
—Eso no. Yo me hallo en el caso de abogar por la independencia del corazón. Ante el amor, no deben valer nada las jerarquÃas sociales.
—Entonces la causa que usted tiene para no amar a esa niña es un misterio.
—No, señorita, no es un misterio.
Volvió Leonor a abandonar por ese lado la conversación, porque le ocurrÃa la pregunta escabrosa que explicase la causa de que hablaban:
«¿Entonces, está usted enamorado de otra?».