MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Pero ella no preguntó eso, sino que, como lo habÃa hecho un momento antes, hizo lo que podrÃa llamarse una vuelta.
—Anoche —dijo al joven— estuve algo terca con usted.
—Mucho he estudiado, señorita —dijo Rivas con tristeza—, el modo de no desagradar a usted cuando tengo el honor de hablarla, y confieso que he sido casi siempre desgraciado.
—¡Se ha fijado usted en esto! —dijo con estudiada admiración la niña.
—Son incidentes de mucha importancia para mÃ, señorita —contestó con voz conmovida MartÃn.
El prendedor de camafeo volvió a mecerse como el esquife sobre las olas.
Al mismo tiempo, Leonor se turbó en una nota del vals que sabÃa de memoria y clavó los ojos en el papel de música que tenÃa a la vista.
—Tiene usted la memoria demasiado feliz —dijo después de repetir varias veces la nota en que habÃa tropezado.
—No es la memoria, señorita, es el constante temor de desagradarla.
—¡Por Dios!, ¿me cree usted muy de mal genio? —exclamó Leonor aparentando sorpresa para ocultar su turbación.
—Sólo desconfÃo de mÃ, señorita.