MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Le repetiré lo que creo haberle dicho antes, no veo motivos para esa desconfianza. Si realmente me hubiese desagradado, ¿no evitarÃa toda conversación con usted? Estas palabras fueron acompañadas con los últimos golpes del vals, que Leonor tocó antes que les hubiese llegado su turno. Sus manos temblaban al cerrar el piano, y sin decir nada más se acercó a la mesa junto a la cual AgustÃn seguÃa hojeando el libro.
Más turbado que ella, permanecÃa MartÃn en el mismo punto que ocupaba durante la conversación. Parecióle que un rayo de luz habÃa iluminado de súbito su mente para dejarle en la más completa oscuridad después. Al interpretar en pro de su amor las sencillas palabras que acababa de oÃr, su corazón se oprimió espantado como en presencia de un abismo y tuvo vergüenza de su tenacidad. ¡Ella estaba allÃ, majestuosa y altanera como siempre, hermosa hasta el idealismo, rica, admirada de todos!
«¡Qué locura!», se dijo con frÃo en el pecho, oprimido por los violentos embates de su corazón.
AgustÃn se acercó a Leonor.
—Espero que MartÃn te habrá convencido, hermanita —le dijo estrechando cariñosamente con ambas manos la cintura de la niña.
—¿De qué? —preguntó Leonor, poniéndose encarnada.