MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Pero no era doña Bernarda Cordero de las que podÃan satisfacer su curiosidad con incompletas explicaciones, de manera que, lejos de contentarse con lo que Amador la contestaba, resolvió dar un golpe, a su entender maestro, que, al par que la impondrÃa de todo, servirÃa eficazmente para la total conclusión de aquel asunto. Cubierta con su mantón salió un dÃa de su casa, a principios de octubre, resuelta a tener una entrevista con el padre del que ella reputaba su yerno. HabÃa discurrido sobre aquel paso durante varios dÃas y meditado también con detención acerca de las palabras que emplearÃa en la entrevista y de la energÃa con que se hallaba dispuesta a rechazar toda proposición de avenimiento que no tuviese por base la unión de los esposos reconocida por toda la familia de don Dámaso, que, como rico, debÃa hospedarlos en su casa y darles, como ella decÃa, «casa y mesa puesta».
Don Dámaso le ofreció asiento y doña Bernarda entabló pronto la conversación. —Vengo, pues, señor— dijo—, al asuntito que usted sabe.
—A la verdad, señora —contestó don Dámaso—, no sé de qué asunto me habla usted. —¡Vaya!, ya no sabe, ¿de qué ha de ser, pues? Del asuntito aquel, pues.
—Tenga usted la bondad de explicarse.