MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —DÃgame, señor, ¿que se le ha olvidado que su hijito está casado con mi hija? —Señora— dijo con sorpresa don Dámaso, —mucho me extraña que venga usted a hablarme de este asunto.
—Y entonces, pues, ¿quién quiere que le hable? ¿No soy la madre? ¡Las cosas suyas! Yo no más he de ser, pues.
Como se ve, doña Bernarda desplegaba desde el principio de la conversación la energÃa y claridad con que tenÃa resuelto dar término al negocio.
—No estamos ahora en que usted sea la madre, nadie lo niega —replicó don Dámaso, algo incómodo con las preguntas y exclamaciones de su interlocutora—. Me extraña que usted parezca ignorar que todo está arreglado ya y que no haya más que hablar sobre la materia.
—¡Y diei, pues! Lo mismo digo yo; si todo está arreglado, que se junten, pues. ¿Pa qué estamos embromando?
—¿Quiénes quiere usted que se junten?
—Esos niños. ¡Mire qué gracia! AgustÃn con mi hija, ¿quiénes han de ser?
—Pero, señora, parece que usted no quiere entender; le repito que todo está arreglado.
—Bueno, pues, lo mismo me dice Amador; pero lo que yo quiero saber es qué clase de arreglo es ése.
—¡Cómo! ¿No lo sabe usted?
—Y si lo supiese, ¿pa qué se lo preguntaba?