MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Felices y apacibles corrÃan los dÃas para Matilde y Rafael San Luis, que, entregados a los devaneos de un amor que nada contrariaba, esperaban con ánimo tranquilo el dÃa prefijado de la unión. Nuevas seguridades que don Fidel tenÃa recibidas sobre el segundo arriendo del Roble le hacÃan aceptar las repetidas visitas del enamorado amante de su hija con la más afectuosa benevolencia, mientras que doña Francisca se entregaba a sus lecturas favoritas y tenÃa largas y románticas conversaciones con su futuro yerno, quien la acompañaba, con la complacencia del hombre feliz, en las correrÃas al paÃs de los sueños de que doña Francisca gustaba para descansar de la vida prosaica de la capital.
No respiraban en la grata atmósfera de la felicidad en que se mecÃan Matilde y su familia las hijas de doña Bernarda Cordero, a quien hemos visto salir llena de indignación de su entrevista con don Dámaso.
Adelaida gemÃa en silencio, combatida por el despecho de la noticia, que pronto se habÃa difundido en Santiago, sobre el casamiento de Rafael San Luis.