Martín Rivas

Martín Rivas

Eran las diez de la mañana. Rafael se encontraba solo en su cuarto. La presencia inesperada de doña Bernarda le llenó de turbación y de funestos presentimientos en el alma; sin embargo, trató de dominarse y de recibirla con cariñosa urbanidad. Parece que la señora ocultaba también por su parte los sentimientos que la ocupaban, para manifestar una tranquilidad que estaba muy lejos de experimentar en aquel momento. Sentóse con rostro risueño en la poltrona que con amable sonrisa le presentó Rafael, y, echando hacia atrás el mantón con que se cubría la cabeza, dijo en acento de reconvención amistosa:

—Ya usted se nos ha perdido de la casa, pues.

—No es por falta de amistad, créamelo, misiá Bernarda —contestón el joven.

—Algún motivo tiene. ¿No sabe, pues?, herradura que cascabelea, clavo le falta. —¿Qué motivo puedo tener? Absolutamente ninguno, usted conoce mi amistad—. Cómo no, y yo también le he querido harto. Vea, el otro día no más le estuve diciendo a Adelaida: «¿Qué es de don Rafael? ¿Que le han hecho algo que no viene?».

Rafael se fijó al momento en que doña Bernarda nombraba sólo a su hija mayor, y con esto aumentaron sus presentimientos de que aquella visita tenía otro objeto que la simple apariencia de amistad con que se anunciaba.


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