MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Le doy a usted las gracias por su cariño —contestó.
—Bueno, pues, ¿y que no piensa volver a vernos? —preguntó doña Bernarda.
—Casi todas las noches las tengo ocupadas y, a pesar de mi deseo, no sé cuándo pueda ir —respondió Rafael, que querÃa descubrir cuanto antes el objeto de la visita—. SÃ, pues, asà lo decÃamos allá en casa: ¡cuándo ha de volver! Ya tiene otras amistades de gente rica y se avergonzará de venir a casa.
—¡Avergonzarme! Se engaña usted, misiá Bernarda.
—La prueba está, pues, en que no quiere volver —replicó la señora, con tono en que se advertÃa la falta de la afabilidad que habÃa empleado al principio.
Rafael notó esa falta y se dejó llevar de su poco paciente carácter.
—No he dicho que no quiero volver —dijo—, sino que no puedo.
—Lo mismo tiene, el caso es que no vuelve y yo sé por qué.
En estas palabras el tono de descontento habÃa aumentado.
—La causa es la que he dicho; no tengo tiempo.
—Por ahà andan diciendo que usted va a casarse.
—¿Lo ha oÃdo usted?
—Ayer no más. ¿Y es cierto?