MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Puede ser.
—¡No ve! ¿No se lo decÃa?
—Es un compromiso muy antiguo, data de antes que tuviese el gusto de conocer a usted.
—Antiguo será, pues, ¿qué le digo yo? Pero se le olvida que también por casa tiene compromiso.
Al pronunciar estas palabras, fijó resueltamente doña Bernarda su mirada en Rafael, mientras que en sus facciones se veÃa el sello de una resolución premeditada y firme.
El joven palideció al oÃrlas; aunque la sola presencia de doña Bernarda le daba vehementes sospechas de lo que la llevaba a su casa, no esperaba que tan sin rodeos se atreviese a atacarle.
—No sé a qué cosa se refiera usted —contestó, fingiendo no adivinar el sentido de lo que oÃa.
—Cómo no lo ha de saber, y mejor que yo también. Más vale que nos arreglemos como amigos.
—En fin, señora, ¿qué es lo que usted quiere? —exclamó Rafael con impaciencia.
—Que usted se case con mi hija, que por usted está deshonrada —contestó con energÃa doña Bernarda.
—Imposible —dijo el joven—, estoy comprometido a casarme con una señorita que… Doña Bernarda le interrumpió furiosa: