Martín Rivas

Martín Rivas

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—¿Y a nosotros qué nos tiene que sacar? Mi hija también es señorita y usted la engañó con palabras de casamiento; si usted fuese caballero debía cumplir su palabra.

En vano buscó Rafael argumentos y disculpas para paliar su falta; doña Bernarda replicó siempre con la contestación que acababa de dar.

—En fin —exclamó San Luis exasperado—, es absolutamente imposible que me case con su hija, y lo mejor que usted puede hacer por ella es aceptar la propuesta que voy a hacer.

—¿Qué propuesta? —preguntó la señora.

—Tengo doce mil pesos que heredé de mi padre; prometo reconocer a mi hijo y dar a Adelaida la mitad de esta suma.

—No es plata lo que yo pido —contestó doña Bernarda.

Y añadió a esto mil recriminaciones que Rafael tuvo que soportar con humildad, concluyendo con esta amenaza:

—No quiere casarse, ¿no? Pues yo me presentaré al juez, y veremos quién pierde; la desgracia de mi hija la saben ya muchos para que yo me pare en ella al presentarme. Usted quiere la guerra; se la daremos, no le dé cuidado.

Y salió de la pieza de Rafael, dejándole entregado a una mortal inquietud.


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