Martín Rivas

Martín Rivas

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—A ti, ¿qué te parece?

—¡Qué me ha de parecer! Que te quiere y harto.

—¿Y cómo no lo dice?

—¿Que no conoces lo que son las mujeres? ¡Vaya, pareces niño! No hay una que no disimule.

—Entonces, ¿tú crees que se casaría conmigo?

—De juro, pues, hombre. Anda, encuentra una que no le guste casarse. No hay más que hablarles de casaca y se les ríe sola la cara.

—Y a tu madre, Amador, ¿qué le parecerá?

—Le ha de parecer bien no más. ¿A quién no le gusta casar a sus hijas? Hasta los ricos, pues, hombre.

—¿Entonces tú le puedes hablar por mí?

—Bueno, pues, hijo —contestó Amador, dando un abrazo a Ricardo.

—Yo soy corto de genio para esto —repuso el oficial—, y me acordé de ti; Amador me sacará de apuro, dije, y vine, pues.

—Bien hecho, esta noche mismo le hablo a mi madre, y pierde cuidado.

Pocos momentos después se separaron, ambos contentos. El oficial con la esperanza de unirse a la que de todo corazón amaba, y Amador con la idea de que la misión de que quedaba encargado le serviría para obtener el perdón de doña Bernarda, que, desde que había descubierto la verdad de su abortada intriga, sólo le hablaba para reñirle.


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