MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Yo le diré, pues, mi madre es porfiada, y está furiosa conmigo por lo de la carta; con los mil pesos que me dieron no me pagan lo que tengo que aguantar.
—Habrá trescientos pesos para usted —dijo MartÃn.
—¿Y no ofrecen nada más para Adelaida y su niño?
—Ocho mil pesos; Rafael no puede dar más porque no tiene.
—Veremos, pues.
—¿Cuándo me dará usted la contestación?
—No sé, pues, ¡quién sabe cuándo conteste mi madre!
—Tan pronto como la tenga, me escribirá usted.
—Bueno.
Regresó Amador a su casa después de esta conversación y halló a su madre cosiendo con sus dos hijas.
—Mamita —le dijo al oÃdo—, vaya para su cuarto, que tengo que hablar con usted. —¿Qué hay?— preguntó doña Bernarda cuando estuvo sola con su hijo en el cuarto de dormir.
Amador principió justificándose de las cosas pasadas y asegurando que todo lo habÃa hecho por el interés de la familia.
—No le habÃa querido volver a hablar de esto —añadió—, hasta no tener alguna otra cosa buena que decirle.