MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿Entonces tienes algo bueno ahora? —preguntó doña Bernarda algo apaciguada—. ¡Cómo no, dejante que yo ando siempre pensando en la familia y usted todavÃa enojada conmigo!
—A ver, pues, ¿qué es lo que hay?
—¿No le gustarÃa casar a una de sus hijas?
—Qué pregunta.
—¿Qué tal le parece Ricardo?
—Bueno.
—Quiere casarse con Edelmira.
El semblante de doña Bernarda se llenó de alegrÃa.
—Ricardo tiene buen sueldo y puede ascender —añadió Amador.
—Me parece muy bien —dijo la madre.
—Entonces usted hablará con Edelmira.
—Yo hablaré esta noche.
—Es preciso que se ponga tiesa, mamita, porque Ricardo dice que ella no lo quiere. —Que venga a hacer la taimada conmigo— dijo en tono de amenaza doña Bernarda. —Eso es, no dé soga, porque maridos como Ricardo no se ofrecen todos los dÃas—. Que haga la taimada no más, déjate estar.
—Hay también otra cosa.
—¿Cuál?