Martín Rivas

Martín Rivas

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Refirióle Amador su reciente conversación con Martín y dijo que ofrecía hasta siete mil pesos para el hijo de Adelaida, con tal que doña Bernarda desistiese de su acusación.

—Ya sé que no conviene presentarme al juez —dijo doña Bernarda—; estuve a verme con un procurador que conozco, amigo del difunto Molina, y me dijo que no sacaría más que alimentos.

—Y, además —repuso Amador—, ¿para qué ir a hacer que esto ande por los tribunales, cuando los siete mil pesos es mejor?

Amador había hablado dos veces de siete mil pesos, en lugar de ocho que Martín le había facultado para ofrecer. Su cálculo era que, ofreciendo la primera cantidad, quedarían mil pesos a beneficio suyo, además de su gratificación de trescientos pesos.

—Reciben ustedes los siete mil pesos —añadió—, y nadie sabe para qué son.

—Poco importa que sepan —dijo doña Bernarda con tono sombrío—, la criada de aquí lo sabe.

—¿Quién dijo?

—Yo se lo pregunté, y ella se lo habrá contado quién sabe a cuántas; lo sabe también la que tiene el niño y lo sabrán todos. ¡Maldito futre, le ha de costar caro! —Pero es mejor, mamita, que aseguremos primero la plata.


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