Martín Rivas
Martín Rivas Al encontrarse sola, se arrojó sobre una silla junto a la cabecera de su cama y regó con abundantes lágrimas la almohada, confidente de sus amores solitarios. Despedíase en su llanto de sus largas veladas llenas de ilusiones sentimentales, tanto más queridas cuanto más irrealizables se presentaban; decía un tierno adiós a las informes esperanzas, a las melancólicas alegrías, a las castas aspiraciones de ese amor huérfano e ignorado que se había complacido en alimentar como un consuelo contra las amarguras de su existencia. Abatida por el primer golpe de tan inesperado dolor, no pensó en resistir ni en buscar los medios de sustraerse a la crueldad de su destino; pensó en llorar tan sólo, como lloran los niños, por buscar un desahogo al corazón oprimido.