MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Matilde nombró entonces a muchos de los elegantes de la capital, y obtuvo la misma contestación. Por fin, añadió en tono de exclamación:
—¿Será MartÃn?
—¡Oh! ¡Qué locura!
Las mejillas de Leonor se encendieron con vivÃsimo encarnado.
—¿Y por qué no? —repuso Matilde—. MartÃn es interesante.
—¿Te parece? —preguntó Leonor, fingiendo la más absoluta indiferencia.
—Yo le encuentro asÃ, y ¿qué tiene que sea pobre?
—Oh, eso no —exclamó Leonor levantando la frente con su regia majestad.
—Tiene gran corazón.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Tú misma.
Leonor bajó la frente y fingió haberse picado un dedo con un alfiler.
—Me has dicho también que tiene talento —prosiguió Matilde—. ¿Quieres negármelo también?
—Es cierto.
—¿No ves? Tengo buena memoria.
—Pero tú le alabas tanto porque le estás agradecida.
—Bueno, pero repito lo que te oigo.