MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Mira —continuaba su prima—, cuando estoy lejos de Rafael me encuentro sin palabras; tal vez que un amor como el mÃo no halle ninguna que lo pinte en toda su extensión. Pero a ti, ¡qué te importa todo esto! —AñadÃa, viendo que Leonor caÃa poco a poco en una distracción mal disimulada.
—Cómo no —contestaba Leonor con una suave sonrisa.
—No me comprendes.
—Te comprendo muy bien.
—¡Ah! ¿Estás enamorada?
En la viveza con que esta pregunta fue hecha por Matilde veÃase que por un momento la mujer vencÃa a la amante, la curiosidad al placer de hablar de su amor. Leonor contestó con igual viveza, pero poniéndose colorada:
—¡Yo! No, hijita.
—Mientes.
—¿Por qué?
—No eres ahora, Leonor, lo que eras antes. ¿Cuándo estabas nunca pensativa como ahora te veo muchas veces? Dime, no seas reservada. Mira que yo a veces soy adivina. ¿Cuál de los dos, Clemente o Emilio?
Leonor no contestó más que avanzando ligeramente el labio inferior con magnÃfico desdén.