MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Se iban las visitas y, antes de guardar lo que acababan de ver, llegaban otras con las cuales se ponÃan en tabla los mismos asuntos que los de la recién concluida sesión.
Y asà se pasaban los dÃas.
Analizar las múltiples ilusiones que en tales circunstancias mecÃan el corazón de Matilde, como mecen el de casi todas las que se casan por su voluntad (que de las obedientes o resignadas hay gran suma), serÃa lo mismo que describir la magnÃfica salida del sol en un despejado cielo de primavera. Las flores de esa ilusión abrÃan sus temblorosas hojas a las caricias del amor que llenaba su pecho y embalsamaban el aura que en los oÃdos de un amante murmura sus divinas promesas. AsÃ, para Matilde la vida pasada y sus deberes eran sueño; el presente, la dicha, y del porvenir irradiaba tan viva luz que, como la del sol, ofuscaba su vista y preferÃa no mirarlo.
—Tú, que no amas —decÃa estrechando las manos de Leonor con dulce abandono—, no puedes comprender mi felicidad.
Leonor fijaba en ella una profunda mirada, de esas que pertenecen sólo al cuerpo cuando vaga en algún otro punto el alma.