Martín Rivas
Martín Rivas »Si, fuera de esto, mis palabras tuviesen algún poder para calmar la aflicción de que usted me habla, o me hallase en la feliz situación de poder prestarle algún servicio, no vacile usted en escribirme, en honrarme con la confianza que me ofrece en su carta y en valerse de mí cuando crea que pueda serle de alguna utilidad.
»Su amigo afectísimo,
»MARTÍN RIVAS».
Cerró Martín esta carta y la dio al criado, con encargo de entregarla a la persona que debía venir por ella.
En la comida se habló del próximo matrimonio que tendría lugar en la familia, y gracias a la verbosidad de Agustín pudo Leonor dirigir varias veces la palabra a Rivas en el curso de la conversación general.
Al salir de la mesa, Agustín tomó el brazo de su amigo y ambos acompañaron a Leonor hasta el salón, en donde ella, como de costumbre, se sentó al piano, mientras que los dos jóvenes se mantuvieron de pie al lado de ella.
—Hoy estuve con Matilde —dijo Leonor, como continuando la conversación del comedor—, no pueden ustedes figurarse lo contenta que está.
—Es natural, señorita —dijo Martín.