MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿Y usted piensa lo mismo que AgustÃn? —preguntó Leonor dirigiéndose a Rivas—. Pienso que en ciertos casos puede ser una necesidad —contestó MartÃn.
—¿En qué casos?
—Cuando un hombre, por ejemplo, considera la riqueza como un medio para llegar hasta la que ama.
—Pobre idea tiene usted de las mujeres, MartÃn —dÃjole la niña en tono serio—; no todas se dejan fascinar por el brillo del oro.
—SÃ, pero todas rafolan por el lujo —exclamó AgustÃn.
—Me he puesto en el caso de un hombre oscuro y que aspire a muy alto —repuso MartÃn con resolución.
—Si ese hombre vale por sà mismo —replicó Leonor—, debe tener confianza en hallar quien le comprenda y aprecie; usted es muy desconfiado.
Estas palabras las dijo Leonor levantándose del piano y en circunstancias que AgustÃn se acababa de alejar.
—DesconfÃo —dijo MartÃn— porque me encuentro tan oscuro como el hombre que he puesto por ejemplo.
—Ya ve usted que para mà —le contestó la niña con voz conmovida— la riqueza no es una recomendación, y hay muchas como yo.
Hubiérase dicho que Leonor tenÃa miedo de oÃr la contestación de MartÃn, porque se alejó al instante de pronunciar estas palabras.