MartÃn Rivas
MartÃn Rivas La criada salió.
—¿Quién me tiene que buscar a m� —dijo Matilde, engolfando otra vez su mirada en los enamorados ojos de Rafael.
La criada regresó poco después que Matilde acababa de pronunciar aquellas palabras.
Matilde y Rafael la vieron venir y se volvieron hacia ella.
—Dice que se llama doña Bernarda Cordero de Molina —fueron las palabras de la criada.
Hubiérase dicho que un rayo habÃa herido de repente a San Luis, porque se puso pálido, mientras Matilde repetÃa con admiración el nombre que habÃa dicho la criada.
—Yo no conozco a tal señora —dijo, consultando con la vista a Rafael.
Éste parecÃa petrificado sobre su silla. El golpe era tan inesperado y con tal prontitud acudieron a su imaginación todas las consecuencias de la visita anunciada, que la sorpresa y la turbación le embargaban la voz. Mas no embargaron del mismo modo su espÃritu, que al instante calculó lo angustiado de la situación en que se veÃa. Dotado, empero, de un ánimo resuelto, vio que era preciso salir del trance por medio de algún golpe decisivo, y aparentando ese fastidio del que por algún importuno se ve precisado a dejar una ocupación agradable, dijo a Matilde: