MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Me alegro del conocerla, señorita, y este caballero será su marido, ¿no? Aquélla es su hijita, no hay que preguntarlo, pintadita a su madre. ¿Cómo está, don Rafael? A este caballero lo conozco, pues, cómo no, hemos sido amigos. Vaya, pues, me sentaré porque no dejo de estar cansada. ¡Los años, pues, misiá Panchita, ya van pintando, como ha de ser! La demás familia, ¿buena?
—Buena —dijo doña Francisca, mirando con admiración a todos los circunstantes y sin explicarse la aparición de tan extraño personaje.
Los demás la contemplaban de hito en hito con igual admiración a la que en el rostro de la dueña de casa se pintaba.
—¿Que es loca? —preguntó Matilde a Rafael.
Y al dirigirle la vista notó tal angustia en las lÃvidas facciones del joven, que instantáneamente sintió oprimÃrsele con inexplicable miedo el corazón.
Doña Bernarda, entretanto, viendo que nadie le dirigÃa la palabra y temiendo dar prueba de mala crianza si permanecÃa en silencio, lo rompió bien pronto.