MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Yo, pues, señora —dijo—, le he de decir a lo que vengo. Para eso hice llamar a su hijita, porque a mà no me gusta meter bulla. Entre gente cortés las cosas se hacen calladito. La niña, pues, me mandó decir con una criada que volviese otro dÃa; eso no era justo, pues ya estaba aquà yo, y como soy vieja y mi casa está lejos, por poco no he echado los bofes. Dejante que he sudado el quilo en el camino, ¿cómo me iba a volver a la casa asà no más, con la cola entre las piernas y sin hablar con nadie? ¿Que acaso vengo a pedir limosna? Gracias a Dios no nos falta con qué comer. Conque me dije: ya es tiempo, antes que se casen, y me vine, pues. Aprovechó una pausa doña Francisca, en la que doña Bernarda tomaba aliento, para preguntarle:
—¿Y a qué debo el honor de esta visita?
—El honor es para mÃ, señora, para que usted me mande. Se lo iba a decir, pues estaba resollando. Me dicen que usted va a casar a su hijita. ¡Pero vean, si es pintada a su madre!
—Asà es, señora —contestó doña Francisca.
—Y con ese caballero, ¿no es cierto? —repuso señalando a Rafael doña Bernarda. Rafael hubiera querido hundirse en la tierra con su desesperación y su vergüenza—. Señora —dijo con acento de despecho a doña Bernarda—, ¿qué pretende hacer usted?
—Aquà a misiá Panchita se lo vengo a decir.