MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Pero, señora —dijo don Fidel.
—Aquà está la prueba, pues —repuso doña Bernarda—. ¿No dice que yo hablo locuras? Aquà está la prueba. Niegue, pues, que este niño es suyo y que le dio palabra de casamiento a mi hija.
Profundo silencio sucedió a estas palabras. Todos fijaron su vista en San Luis, que se adelantó temblando de ira al medio del salón.
—He pagado con cuanto tengo a su hija —exclamó—, y asegurado cómo puedo el porvenir de esta criatura. ¿Qué más pide?
Matilde se dejó caer sobre un sofá, cubriéndose el rostro con las manos, y volvieron a quedar todos en silencio.
—A ver, pues, señora —dijo doña Bernarda—, yo apelo a usted, a ver si le parece justo que porque una es pobre vengan, asà no más, a burlarse de la gente honrada. ¿Qué dirÃa usted si, lo que Dios no permita, hicieran otro tanto con su hija? A cualquiera se la doy también. Aunque pobre, una tiene honor, y si le dio palabra, ¿por qué no la cumple, pues?
—Nada podemos hacer nosotros en esto, señora —dijo don Fidel, mientras que don Pedro San Luis se acercaba a su sobrino y le decÃa:
—Me parece más prudente que te vayas; yo arreglaré esto en tu lugar.