Martín Rivas

Martín Rivas

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Rafael tomó su sombrero y salió, dando una mirada a Matilde, que ahogaba sus sollozos con dificultad.

Don Pedro San Luis se acercó entonces a doña Bernarda.

—Señora —le dijo en voz baja—, yo me encargo del porvenir de este niño y del de su hija. Tenga usted la bondad de retirarse y de ir esta noche a casa; usted impondrá las condiciones.

Ora fuese que doña Bernarda diese más precio a la venganza que por espacio de tantos días había calculado, que a la promesa de don Pedro; ora que, posesionada de su papel, quisiese humillar con su orgullo plebeyo el aristocrático estiramiento de los que con promesas de dinero trataban de acallar su voz, miró un instante al que así hablaba y, bajando después la vista, dijo con enternecido acento:

—Yo no he pedido nada a usted, caballero; vengo aquí porque creo que esta señora y está niña tienen buen corazón, y no han de querer dejar en la vergüenza a una pobre niña que ningún mal les ha hecho y a este angelito de Dios, que quieren dejar huacho, ni más ni menos. Más tarde, don Rafael puede casarse con mi hija, cuando se le pase la rabia y vea que no se ha portado como gente.

—Pero, señora —dijo don Fidel—, me parece que Rafael es libre de hacer lo que le parezca, y usted debía entenderse con él.


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