MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Yo sé bien lo que hago cuando vengo aquà —replicó con voz más enternecida aún doña Bernarda—. Lo que yo quiero saber —añadió dirigiéndose a Matilde y a su madre— es si estas señoritas consentirán en que mi pobre hija se quede deshonrada, cuando ellas tienen honor y plata, no como una pobre, que no tiene más caudal que su honor. ¿Cómo no han de tener conciencia, pues —repuso después de un prolongado sollozo—, cuando ni una que es pobre harÃa una cosa asÃ? ¡Ya le van a faltar maridos a esta señorita con lo donosa que es! Dios es justo, señorita, y los que son buenos, son buenos. ¿Para qué le digo más? Yo se la doy a cualquiera y que meta su mano en la conciencia, ¿se casarÃa cuando sabe que por su causa queda en la vergüenza una pobre niña y una criatura como un huachito de los huérfanos?
Doña Bernarda terminó estos raciocinios con la voz cortada por los sollozos, alzando los ojos y las manos al cielo, y sonándose con estrépito, al tiempo que repetÃa varias veces algunas de las palabras que acababa de decir.
—Vea, señora —le dijo doña Francisca, en cuya romántica imaginación habÃan producido un favorable efecto las razones alegadas por doña Bernarda—. Usted ve, ahora no es posible decidir un asunto de tanta importancia; veremos a Rafael cuando se haya calmado y mañana o pasado decidiremos.