Martín Rivas

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—Ustedes lo han de ver, pues, señoritas —contestó doña Bernarda—, y sobre todo la que se iba a casar, creyendo que su novio era libre, pues. Ya le digo no más, ¿qué hará mi pobre hija, a quien han engañado? Así es la suerte de las pobres, y gracias a Dios que nuestra familia es buena y no tiene don Rafael nada que sacarle; el difunto Molina, mi marido, tenía su comercio y no le debía a nadie ni un cristo.

—Todo se tendrá presente —dijo doña Francisca.

—Bueno, pues, señorita; en usted confío. Contimás que en esto yo he andado como gente, pues que me dije: mejor es ir a ver a esas señoritas que viven engañadas, que no presentarse al juez y que el asunto ande en boca de todos. ¿Qué culpas tienen ellas, pues, para que tenga que aparecer su nombre en la casa de justicia? Si son señoras, pues que me dije, han de querer arreglarlo todo sin bulla y han de ser cristianas con la gente pobre pero honrada. Más vale tener agradecidos que enemigos; en eso no hay duda, y a una niña bonita y rica, donde le faltó un novio, hay le vinieron ciento al tiro, lo que no les pasa a las pobres, a quienes las engañan cada y cuando hay ocasión.

—Bueno, pues, señora, trataremos de arreglar esto.


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