Martín Rivas

Martín Rivas

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Esta suposición cruel pareció arrojar un nuevo e inmenso dolor al pecho de la niña, que cesó de hablar, miró con ojos espantados a su alrededor y prorrumpió de repente en desesperados gemidos. En vano buscó doña Francisca las más cariñosas palabras para templar su desesperación; en vano la estrechó contra su corazón, conjurándola, por su amor, a que no se abandonase a ese pensamiento. Matilde no la oía, no sentía sus halagos, no entendía el sentido de las palabras que llegaban a su oído. Conducida por la última idea que había expresado, repasaba en la memoria las horas de su amor, los juramentos, las dulces miradas, y esa idea la guiaba en el florido campo de los recuerdos, tronchando con mano impía las ilusiones que lo esmaltaban.

Algunas horas pasaron de este modo. Matilde hablaba, a veces, siguiendo el hilo de sus reflexiones y caía luego en el violento pesar que cada idea nueva arrojaba, como pábulo, al fuego voraz de su creciente dolor. Éste, como la felicidad, encuentra pequeño el recinto de un solo corazón amigo a que confiarse; por esto fue que Matilde, pareciéndole que su madre no alcanzaba a comprender lo que sentía, se acercó a una mesa y escribió a Leonor las pocas palabras que recibió ésta, después de dejar caer, como vimos, una esperanza en el alma de Martín.


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