MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Al escribir el nombre de su amante, sus ojos se nublaron con lágrimas que fueron a caer sobre el pliego en que habÃa puesto la mano.
—¿Qué le diré? —preguntó a Leonor con voz apagada.
—No te precipites. Piénsalo bien —respondió ésta.
—No, no —exclamó Matilde con energÃa—, estoy perfectamente resuelta, y nadie me hará cambiar sobre esto.
—Creo que con pocas palabras basta.
Matilde se puso a escribir, alentada por la febril agitación en que se encontraba. Al cabo de algunos minutos enderezó el cuerpo y leyó:
«Entre usted y yo todo está concluido. Me parece inútil extenderme en explicaciones sobre una resolución que está justificada con tan poderosos motivos en mi conciencia. Le escribo para evitar cualquiera otra explicación que no estoy dispuesta a oÃr ni a leer.
»MATILDE ELÃAS».
—Creo que eso basta —dijo Leonor.
Matilde llamó a una criada y la recomendó llevar a su destino la carta sin que en casa sospechasen a qué salÃa.
Hecho esto se sentó al lado de su prima.