MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —TenÃa necesidad de verte —le dijo—, porque tú me das valor. Ya lo ves, no he vacilado ni temblado.
Con este esfuerzo pareció anonadada, pues ocultó su rostro y sólo se vio su cuerpo agitado por los sollozos.
—Aún es tiempo, si quieres —le dijo Leonor—; la criada no debe haber salido todavÃa. —¡Qué! ¿Crees que me arrepiento? No lloro por eso. ¡Todo se ha concluido!
Don Dámaso escuchó también la relación de lo acaecido de boca de su hermana, con las consiguientes interrupciones hechas por don Fidel, que se preciaba de explicar mejor el asunto.
—Bien lo decÃa yo —exclamó don Dámaso, que no olvidaba el peso de las manos de Rafael—, ese mozo es un tunante.
—Pero, hombre, ¿quién no ha hecho otro tanto? —replicó don Fidel—. Son niñerÃas por las que todos han pasado.
—¡Jesús, Fidel, qué principios! —exclamó escandalizada su consorte.
—Mira hija —repuso éste en sentencioso tono—, las mujeres no conocen el mundo como nosotros.
—Pero conocen la moralidad.